Siempre me maravilló ver tu falda levantarse al girar.
A veces era tan hipnótica
que olvidaba la vida,
y solo quedábamos tú y yo.
Y entonces, el tiempo iba más lento.
Como si quisiese disfrutar con
nosotros del momento.
Y me pedía un rato contigo.
Pero yo no te quería soltar nunca.
Un día dejaste de girar.
La orquesta sonaba de fondo.
Pero tú te empeñaste en bailar
con las manos atadas a la espalda.
Y así no hay quien siga los pasos de baile.
Tropezamos con algo
que antes no estaba allí.
El tiempo, envidioso de nosotros,
quería vernos caer. Lo sé.
Y lo consiguió.