En noches como esta,
sueño que estoy soñando.
Sueño que el mes de febrero
perdió su veinte
bailando borracho en algún bar,
seguramente buscándote sin éxito.
Sueño con los viajes
que hicimos en cuerpos
anestesiados de alegría,
que se escondía detrás
de tus orejas sin pendientes,
y se desprendía
con cada beso en tu cuello.
Ese cuello
que medía 13 besos y un lametazo.
Esa carita
que ponías para que no parase
de buscar nuevos rincones.
Y que bonito cuando rociabas
con tus polvos mágicos
nuestro todo,
y nos movíamos al ritmo
al que bailaban nuestras lenguas,
peleando en el ring
de tu cálida boca.
Y entonces,
éramos nosotros
los que nos creíamos quietos,
mientras el resto de la habitación
temblaba a nuestro paso.
Y hoy todavía recuerdo
cada beso dado
en cada parte de tu cuerpo.
Será que tengo
memoria de elefante
para tus besos.
También como mordías mis labios,
y ponías esa carita
que tanto me ponía,
y que pedía
que explorara bajo tus braguitas.
Entonces, te convertías
en mi octavo pecado capital,
y descubríamos mientras nos fundíamos
que 1+1 no siempre son dos.
Y que dos cuerpos unidos por la pasión
son la aproximación más exacta
a mi definición de felicidad.
Y gritar a los cuatro vientos,
que no hay mejor tobogán
que tu nariz,
ni mejor destino al que viajar
que tu boca.
Que mi lugar favorito para perderme
sigue siendo tu pecho.
Que sigo ahogándome
en la inmensidad de tus pupilas.