Cuento las noches que pasamos juntos,
rasgando las sabanas con besos suicidas
que acababan saltando por la ventana
porque allí dentro solo había espacio para dos.
Que fuera hiciese frío no era un problema,
dentro todo acababa ardiendo con un fuego
que arropaba tu cuerpo sin tocarlo,
y que quemaba de la forma más dulce que recuerdo.
Quizás ese fuego hizo que mis cimientos
acabasen por resentirse.
O eso me digo cuando veo los escombros
que no he sido capaz de reconstruir
y que siguen donde los dejaste.
Y ya no me quedan más labios que besarte.
Todavía tengo hambre y ya no puedo morder tu cuello.
No disimules,
tú también eras un poco caníbal
cuando nuestras vistas se empañaban
con el calor del momento
y parecíamos poseídos por el universo.
Y entonces nuestro pequeño mundo
se convertía en nuestro todo,
y nada importaba tras nuestras murallas.
Y hoy puedo decir que me importaba una mierda si el mundo se caía ahí fuera,
si el mar se tragaba la tierra y quedábamos rodeados,
ya que todo lo que necesitaba,
estaba en esa habitación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario