sábado, 22 de octubre de 2016

A veces.


Y empiezo poco a poco a aceptar 
que a veces, inevitablemente, 
mi mente vuelve a Granada 
y te abraza sin saber por qué. 

Y te besa en esos labios 
que sabían a dulce hogar, 
o acaricia tu espalda con esa extraña delicadeza 
de quién tiene miedo a romper la belleza. 

A veces recuerda tu sonrisa, 
o como tus mejillas se marcaban 
con fuerza en tu cara cuando lo hacías, 
y se pierde entre cenizas y rotos escombros. 

O piensa en tu pelo, 
y en cómo estabas preciosa 
incluso despeinada y sin maquillaje; 
recién despierta tras una noche 
más larga de lo habitual. 

Otras, simplemente muerde tu piel, 
desayuna cada parte de tu cuerpo 
hasta que queda sin aliento, 
y peca al pensar en cómo hacerte flotar. 

Los lunares de tu cuerpo 
siguen siendo su guía, 
y suele recorrerlos con su dedo 
formando constelaciones en la oscuridad. 

En ocasiones se acuerda de tu voz;
tan profunda y alegre. 
Recuerda cómo escucharla era algo terapéutico 
y aliviaba los dolores de mente y corazón. 

También te recuerda cantando, 
vestida con aquella timidez 
que te hacía parecer indefensa 
y escondía la bestia que vivía en ti 
y que quería comerse el mundo. 

A veces, y cada vez menos veces, 
mira las fotos que tenéis juntos 
y piensa en hablarte; 
y entonces, yo le pregunto si vale la pena 
jugar con aquella espina llamada recuerdo, 
a lo que mi mente siempre contesta: 

Si no puedes aguantar este dolor 
es que nunca has estado enamorado.

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