La chica de la eterna sonrisa se puso su vestido amarillo y salió a brillar. Fuera era de noche, pero ella paseaba iluminando con luz intensa cada sombra de aquella ciudad llamada Madrid. Su risa contagiaba poco a poco cada rincón, sorprendiendo a los transeúntes que se descubrían sonriendo sin saber por qué.
¿Sabéis esa cara de imbécil que se te queda cuando observas la verdadera felicidad? Pues esa debía de ser la cara que yo vestía aquella noche a su lado.
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